Tú me debes una.
Siempre estoy receptiva. Atenta. No me importa el tema o quién tema. Tan pendiente que da risa. Me callo las verborreas y te ahorro los silencios. Siempre uno; siempre esmero.
A menudo lo que se dice roza la banalidad de lo absurdo. O del carisma. O de poner el dedo del ojo. O de un lagrimón.
Pero tú me debes una.
Yo acato. No acepto. Trato y desmiento todo el rato. Mi más yo nunca fue nada parecido al ahora. Parece que no me recozca(s).
Y me debes la de no caer en ira y cólera cuando tú defraudaste. Sólo una vez.
El otro él y los otros ellos siempre me dan la razón en casi nada. Siempre de madrugada. Por la mañana. Nunca entre horas.
Y al final; más nada.

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